Nuestro Señor Jesús subió al cielo cuarenta días después de su resurrección, lo hizo con su propio poder y con ese mismo poder, tan inmenso, puede hacernos llegar al cielo.
Jesucristo, una vez resucitado, ya no vuelve a morir. Él vive en el cielo, vive aquí en la tierra también, por la eucaristía.
Es impresionante cómo Dios quiso hacerse hombre, a fin de traernos la salvación, quiso hacernos no solo sus amigos, sino sus hijos.
Nuestro lugar es con Él, desde aquí en la tierra, guardando los mandamientos, viviendo en gracia. Y Él nos guarda una morada en el cielo.
Ya Nuestro Señor dijo que en la casa del padre hay muchas habitaciones, y que el esclavo no se queda en casa para siempre, solo el hijo se queda.
Debemos recordar que, si estamos bautizados, somos sus hijos, estamos llamados a vivir con él eternamente, a llegar un día al cielo.
La imitación de Cristo se completa hasta allí, hasta que nosotros podemos acceder a la morada eterna.
Él vivió aquí en la tierra con un cuerpo resucitado, pero con un alma más poderosa que el cuerpo, nosotros no podemos ser los mismos luego de conocerle.
No podemos conocerle sin amarle, o amarle sin dar la vida por Él. Cuando el norte de nuestra vida es Dios, hay un camino más claro.
Porque sabiendo a quien sigues, piensas en lo que hizo y en lo que tú puedes hacer para llegar hasta donde el maestro.
Dios, después de ascender al cielo, envía su Espíritu Santo, para que nos ilumine en lo que tenemos que hacer, y nos una en una comunidad fraterna, donde hay amor.
Que el acto de subir al cielo no sea solo que Jesús hizo, sino sea lo que nos ayuda a lograr, porque solo con su gracia podemos.
Contemplemos la ascensión del Señor como un acto de amor que hizo por nosotros y como un recordatorio de que estamos llamados a elevarnos en la alegría de los hijos de Dios.




