San Pío de Pietrelcina, conocido cariñosamente como el Padre Pío, es uno de los santos más venerados por los católicos. Su vida estuvo marcada por haberse unido al Señor en su Pasión, recibió estigmas, fue un confesor ejemplar.
Nació como Francesco Forgione durante 1887 en Pietrelcina, Italia. Ingresó a la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos a los 16 años, y fue ordenado sacerdote en 1910.
El Padre Pío conoció a San Juan Pablo II
Son curiosas las historias de los Santos que se conocieron desde esta vida terrena. El joven sacerdote Karol Wojtyla encontró como confesor al Padre Pío.
También compartieron cartas, en una ocasión quien después fuera el Papa Juan Pablo II le pidió al Padre Pío incluir en sus oraciones a una mujer muy enferma, que había sufrido en los campos de concentración.
San Pío supo de inmediato que no se podía negar, ambos se respetaban profundamente el uno al otro, más tarde, recibió la noticia de que esa mujer había recobrado su salud.
Además, el Papa que canonizó al Padre Pío fue San Juan Pablo II, y mencionó haber tenido el privilegio de conocer su disponibilidad hacia los penitentes.
San Pio de Pietrelcina recibió los estigmas
Sucedió el 20 de septiembre de 1918 luego de celebrar misa. Sintió como un temblor, Dios le manifestaba que deseaba asociar las almas a su pasión.
Lo invitaba a unirse en sus dolores y a meditarlos, pero al mismo tiempo ocuparse de la salud de los hermanos.
El Padre Pío sintió compasión por los dolores de Cristo y le preguntó qué podía hacer. Oyó lo siguiente: “Te asocio a mi Pasión”. Después de aquello, vio sus manos llagadas, con sangre.
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