Amar a Dios cuando todo va bien es sencillo. La gratitud fluye y la fe parece firme. Pero cuando llegan las dificultades —el cansancio, la pérdida, la incertidumbre, el silencio de Dios— amar comienza a ser una decisión profunda del corazón.
En medio del dolor, muchas personas se preguntan: ¿cómo amar a Dios si no entiendo lo que está pasando? Y esa pregunta no es falta de fe; es una oración honesta.
Dios no se escandaliza de nuestras dudas ni de nuestro cansancio. Las recibe como recibe a un hijo que llega herido y sin fuerzas.
Amar a Dios en la dificultad no siempre significa sentir paz o consuelo. A veces significa simplemente no huir. Permanecer. Seguir hablando con Él aunque no sepamos qué decir.
Seguir buscándolo aunque parezca lejano. Ese amor silencioso, perseverante, es uno de los más auténticos.
Las dificultades nos obligan a decidir si amamos a Dios solo por lo que nos da, o por quien Él es. En ese proceso, el amor madura.
Deja de ser emoción y se convierte en entrega. Deja de depender de las circunstancias y se arraiga en la confianza.
Jesús mismo nos mostró este camino. En la cruz no hubo alivio inmediato, ni respuestas claras, ni un final cómodo. Hubo abandono, dolor y, aun así, un acto total de amor y obediencia al Padre.
Mirarlo en esos momentos nos recuerda que amar a Dios no nos libra del sufrimiento, pero sí nos acompaña dentro de él.
Amar a Dios en medio de las dificultades también implica permitirnos ser pequeños. Reconocer que no podemos solos. Que necesitamos su gracia.
Que no siempre tendremos fuerzas, pero podemos ofrecerle lo poco que somos y tenemos: una oración, un “confío”.
Tal vez hoy no puedas decir que amas a Dios con alegría, pero puedes decirle: “Aquí estoy, aun así.” Y eso basta, porque Dios mide el amor por la fidelidad.
En cada dificultad, aunque no lo veamos de inmediato, Dios sigue obrando. Amar en medio del dolor no cambia la situación de un día para otro, pero transforma el corazón.
Y ese corazón, sostenido por Dios, termina descubriendo que nunca estuvo solo.




